El Site de la Pluma
El pabellón criollo: sus orígenes
Les voy a narrar una historia que, más allá de ser un relato sustentado en fuentes académicas, me parece a mí que es el resultado de cuentos de camino. Pudiera haber comenzado como una simple anécdota (inventada o no), una hipótesis o una fábula. Pero ya que en muchas partes la citan (con mismo fondo y casi, casi mismas palabras) y dado que en tantas páginas se ha divulgado, pudiera haber cogido ya la fuerza de un mito para instalarse en nuestro imaginario. Y ahora muchos la tienen por cierta cuando es tan solo una versión.
La historia comienza así. Situados en el tiempo varios siglos atrás, retornamos a una Venezuela en su periodo colonial. Somos una sociedad agrícola de castas. Nos dividimos en blancos peninsulares (los nacidos en la Península Ibérica), criollos (descendientes de españoles nacidos en nuestro territorio) y de orilla (con un origen que no está del todo claro); y también en indios; negros; y pardos (el producto de la mezcla de los anteriores que constituye el grupo más amplio).
Transcurre el siglo XVIII. Las grandes haciendas de cacao (nuestro principal producto de exportación) pertenecen a los aristócratas de raza blanca conocidos como mantuanos. Son blancos criollos que tienen en su haber grupos de negros esclavos trabajando en sus propiedades. Estos grupos, cuando sus jefes terminan de comer, reúnen las sobras que dejan en sus platos para reservarlas para su consumo. Y un buen día, sin siquiera advertirlo, sientan los antecedentes del que será dentro de algunos años símbolo de nuestro mestizaje gastronómico. Juntan carne, arroz, caraotas negras de comidas pasadas con tajadas de plátano frito que preparan en el momento. Y de un instante a otro, esa mezcla variopinta de sabores y colores pasa a convertirse en su comida habitual. Pronto, eso que había nacido de su propio ingenio (y necesidad) alcanza el interés de otras clases sociales que comienzan a replicarlo hasta extenderlo por todo el territorio. Así nace el pabellón. Así dicen algunos que fue su nacimiento. Pero, si tú mismo te casaste con esa versión, deja que te ponga a dudar en las próximas líneas.
Empiezo (quizá) escribiendo a su favor. El historiador y gastrónomo venezolano José Rafael Lovera defiende que el mestizaje en los tiempos de La Colonia sentó las bases de nuestra gastronomía, de ese sincretismo culinario tan característico nuestro que es resultado de la interacción y del intercambio cultural entre aborígenes, españoles y africanos. Y defiende a su vez que el origen del pabellón podría remontarse a principios del siglo XVIII. Con lo primero, podemos estar todos de acuerdo. A partir de lo segundo, las opiniones comienzan a distar.
Lovera, cofundador del Centro de Estudios Gastronómicos (CEGA) -institución dedicada al estudio, investigación y desarrollo de la gastronomía nacional-, señaló que el pabellón es consumido en Venezuela desde los años 1700. Durante una entrevista realizada en noviembre de 2015, a propósito de Retablo gastronómico de Venezuela, obra que recoge la evolución de nuestra cocina y que por aquel tiempo presentaba en la Feria del Libro de Miami, adujo que el pabellón ya aparecía “en trazos de algunas ordenanzas de un hospital de Caracas del siglo XVIII”. El profesor hacía referencia al Hospital Real de San Lázaro, del que se conservaron documentos que fueron emitidos entre 1730 y 1740. En ellos, “se pide que se le dé a un enfermo esa carne mechada, con arroz y con frijoles negros”. Siendo así, serían esos los primeros registros escritos del pabellón. ¿Pero ya sería, para ese momento, un plato ícono de la cultura venezolana? Parece que no. Estaba lejos de serlo. Todavía tampoco había recibido su nombre. Que, sobre esto último, vale la pena hacer un inciso.
El diccionario de la Real Academia Española incluye entre las definiciones que da a “pabellón” la de “bandera nacional”. Hay quienes sugieren que esa sería una de las razones de que ese compuesto se llame así, siendo que el plato viene a ser la representación de nuestra venezolanidad e historia. Primero, por la cantidad de elementos que, en un inicio, de acuerdo a algunos historiadores, lo conformaban (el arroz, la carne y las caraotas), los cuales coincidían numéricamente con los colores que componen nuestra bandera. Segundo, por el valor simbólico que tiñe a cada elemento. ¿A qué me refiero con esto? A lo que su unión, en un mismo plato, es capaz de recrear.
Uno de los defensores de lo que menciono en el párrafo anterior es el economista, teórico de la gastronomía criolla e investigador venezolano Rafael Cartay. Según ha explicado en varias oportunidades, esa unión heterogénea, en la que quedan a la vista sus componentes, viene a evocar (por sus colores y no por su origen) a las tres grandes culturas que dieron origen al mestizaje en Venezuela. De modo que el arroz representaría al blanco español; las caraotas negras, al negro africano; y la carne desmechada, al aborigen. Al respecto, Cartay piensa que los colores del plato expresan nuestro mestizaje cultural.
Pensar en ello nos podría trasladar de nuevo al pasado. Y es que esa analogía recuerda un poco a la que fue nuestra primera bandera tricolor, esa conformada por tres franjas paralelas, horizontales, del mismo ancho que presentó Francisco de Miranda, en 1800, bajo el nombre de “Bandera de Miranda para su proyectado Ejército con el nombre de Columbiano”. El tricolor de entonces usaba los colores negro, rojo y amarillo en representación de los negros, los pardos y los indios, grupos étnicos que debían de conformar, en partes iguales, el ejército de Miranda.
Aquel es un antecedente de esa estructura tripartita que posteriormente pasaría a caracterizar a varios de nuestros símbolos. Basta con ver los tres colores primarios (amarillo, azul y rojo) que conforman nuestra bandera o los tres cuarteles del escudo nacional -los cuales son dos de los tres símbolos patrios de nuestro país-, o incluso basta con preguntarse cuántos símbolos nacionales tenemos. Cierto es que el número tres tiene gran importancia en la sociedad. Resulta incluso místico. Pero, en el tema que nos compete, termina siendo patente la manera en como se ha colado en ese largo proceso de desarrollo de nuestra noción como país.
Justamente, si nos ponemos a ver, nuestra bandera actual conservó en su diseño las tres franjas de la bandera de Miranda de 1806, la Bandera Madre que rescataba entonces la estructura tripartita (aunque no todos los colores) de ese antecedente de 1800.
Retornando al pabellón, si su nombre parte de su significado como bandera nacional, tiene sentido que, siendo representante de nuestra identidad, sean tres sus ingredientes básicos en alegoría de nuestro tricolor. De allí que autores como Rafael Cartay defiendan que las tajadas de plátano frito fueron una incorporación tardía. Coincidiría con lo que se prescribía a los enfermos en aquel hospital caraqueño del siglo XVIII de ser así.
Pero hay otro autor que redimensiona esa comparación de los ingredientes del pabellón con los grupos étnicos para incluir a las tajadas. Se trata del cocinero e investigador gastronómico argentino Norberto E. Petryk. El también escritor refiere que son cuatro los elementos básicos y que cada uno ilustra el cómo estaba dividida la sociedad venezolana durante La Colonia. De acuerdo a él, aunque el arroz sí representaría a los europeos y las caraotas a los africanos, las tajadas de plátano frito simbolizarían a los aborígenes y la carne desmechada a los pardos. En este sentido, ese último ingrediente plasmaría entonces la mezcla de los otros grupos. Es decir, daría cuenta del mestizaje.
El profesor José Rafael Lovera tiene en cambio otra hipótesis. En principio, él no considera que el pabellón se llame así por representar la unión de nuestros tres orígenes en un plato. Piensa más bien que el nombre pudiera haber surgido en las primeras décadas del siglo XIX, durante la Guerra de Independencia. Por aquel entonces, a los soldados les servían unos platos llamados “ranchos”, que aportaban una cantidad insuficiente de calorías y carecían del valor alimenticio necesario. A diferencia de ellos, a los oficiales les servían comida de mejor calidad y gozaban de otros privilegios dado su rango, como descansar en “pabellones”.
Sea como sea, de lo que sí podemos estar seguros es de que no sería llamado pabellón en sus inicios. Ya sea que haya surgido en los años 1700 (como sugiere Lovera) o muchos años después (como proponen otros autores), fue un plato huérfano de todo nombre por un buen tiempo.
Ahora bien, ¿qué otras versiones figuran en cuanto a su origen? La del cronista gastronómico Rafael Cartay, por ejemplo. De acuerdo a él, el pabellón no sería una invención del siglo XVIII, sino de finales del XIX o de principios del XX.
Pero, antes de desarrollar su propuesta, regresemos de nuevo unos años. Caminamos las calles caraqueñas y las pisadas nos arden. El siglo XIX ha sido un periodo complicado en el que las guerras civiles y las revueltas sociales aportaron a la inestabilidad política y social del país. Las luchas para librarnos del dominio español (que convirtieron nuestro territorio en un campo de batalla) sin duda terminaron resultando sumamente costosas. Y hablo de un costo no únicamente económico. Pero dejemos eso de lado. Es 1870. Después de mucho, comenzaremos a lograr cierta estabilidad. Aun así, hoy por hoy (recuerden que viajamos en el tiempo), somos una sociedad fracturada.
Nuestras regiones (esas en las que está dividido nuestro país) operan como islas, incomunicadas las unas de las otras. No hay un sentir nacional que domine entre los venezolanos, algo identitario que nos una o que nos identifique como nación a todos quienes hacemos vida en estas tierras. Impera, en cambio, un sentir regionalista.
Al hecho de que el poder se encuentra repartido entre los caudillos regionales, se suma la inexistencia de vías o de medios de comunicación que nos conecten. Incluso la economía, que tiene su base en la exportación de dos únicos rubros (el cacao y el café), es poco diversa y está poco desarrollada. Carecemos, entonces, de un mercado interno nacional. La falta de carreteras y la disgregación política impiden -entre otras cosas- que los bienes y los servicios fluyan libremente entre regiones.
Pero, repito, estamos en el año de 1870. Mucho comienza a cambiar. El gobierno de turno (presidido por Antonio Guzmán Blanco) pone en marcha medidas que buscarán cohesionarnos como nación e insertar al país en una nueva era moderna. De esta forma, impulsa un proyecto nacional en el que incluye, por ejemplo, la creación de redes viales y carreteras para unificar físicamente al territorio y la ejecución de planes orientados a debilitar el poder de los caudillos regionales y a centralizar la administración pública.
Poco a poco, nuestro país comienza, por primera vez, un proceso de modernización a nivel nacional, especialmente en Caracas. Y ello se produce durante la gestión presidencial de Guzmán Blanco (1870-1888), sobre todo durante su primer periodo de gobierno (1870-1877). Es así como ese progreso aborda la necesidad de construir una nacionalidad sólida, una identidad como nación. Pero no íbamos a estar unidos nomás en lo político o geográfico. Había que ir más allá. Teníamos que unirnos como país, lo que necesariamente ameritaba la creación de mitos nacionales que alimentaran el imaginario colectivo. Era momento de apostar por la instauración de símbolos (o la revalorización de los ya existentes) para vincular a los venezolanos. Y eso es algo a lo que aspira cuando se renueva la Plaza Bolívar de Caracas en 1872 y se erige allí la estatua ecuestre en honor al Libertador en 1874; cuando se crea el Panteón Nacional también en 1874 (pero meses antes); cuando se instaura el Bolívar como moneda oficial en 1879; o cuando se establece el Gloria al Bravo Pueblo como nuestro Himno Nacional en 1881 (por poner varios ejemplos).
Estos proyectos (que fueron pensados para rendir culto a los héroes, difundir y fortalecer el patriotismo y crear un sentido de pertenencia nacional) nos fueron construyendo la nacionalidad de a poco. Y la gastronomía, en esa ardua labor, tampoco se quedó atrás.
De acuerdo al profesor Rafael Cartay, en este contexto nace nuestro pabellón criollo como plato símbolo de esa unidad nacional que se iba cimentando para convertirse en uno de los más representativos de nuestra cocina popular. Según este autor, tuvo su origen en Caracas entre los últimos cinco años del siglo XIX y los primeros diez del XX. De allí que en un inicio se llamara “pabellón caraqueño” (aludiendo a su origen) y no “pabellón criollo” (nombre que adquiriría entre 1910 y 1940).
Cabe acotar que Cartay afirma que efectivamente existió la combinación de pares de alimentos que resultaron populares durante el siglo XIX (incluso en el XVIII), como el arroz con la carne frita o el arroz con las caraotas. Pero insiste en que no sería sino en la última década de ese siglo cuando los tres ingredientes básicos (confluidos todos en un mismo plato) se convertirían en emblema nacional.
Aquello lo concluye luego de una investigación exhaustiva que incluyó la revisión de fuentes primarias, como la prensa caraqueña, libros y documentos de la época. En ese entonces, era costumbre que los comercios publicaran en las páginas de los periódicos sus actividades y menús, de modo que el historiador venezolano indagó en ellos para buscar algún indicio de la existencia del pabellón. No encontró ninguno (ninguna mención o prueba), o al menos no en los menús exhibidos entre 1893 y 1910. Para ese momento, si es que existía, resultaba no ser representativo de la dieta criolla. No habría estado presente como plato integrado o todavía no se habría consolidado en el imaginario nacional. De allí que no apareciera en el menú de restaurantes caraqueños tan populares para la época como El Pabellón Nacional (abierto desde 1893) o en el de El Vapor. En este último, en la década de 1880, sí se llegaron a ofrecer sus componentes por separado (según pudo constatar Cartay). A veces, eran ofrecidos en presentaciones individuales; y otras veces, en parejas. Pero nunca los tres.
Caso contrario sucede a partir del siglo XX. Rafael Cartay asegura que es desde esta época que las referencias escritas al pabellón comienzan a hacerse frecuentes. De hecho, de acuerdo al comunicador y apasionado de la gastronomía venezolana Rubén Rojas, uno de sus primeros registros como plato compuesto data de su primera década. El libro Reminiscencias: vida y costumbres de la vieja Caracas (1962) del cronista José García de la Concha dan cuenta de eso. En un texto que extrae Rojas para su artículo Así me sabe Caracas: al pabellón de Carlos García (2017), se narra que “la comida popular era el pabellón… servido en un plato de peltre. Le ponían caraotas negras, arroz blanco y carne frita. Si uno lo pedía con estrellas, le agregaban dos ruedas de plátano frito”.
Lo anterior pone sobre la mesa dos hechos que no podemos pasar por alto. El primero, que el pabellón había surgido como un plato popular. En su artículo Elogio y nostalgia de la cocina venezolana (1998), Rafael Cartay relata que, en 1910, era conocido bajo el nombre de “compuesto”, lo servían en mesones y posadas junto a una arepa y un vaso de aguapanela o guarapo, y costaba apenas cinco centavos. De allí que fuera considerado un plato para pobres.
Lo segundo tiene que ver con sus componentes. Las tajadas de plátano frito no formaban parte de los ingredientes principales del plato. Eran un añadido especial. Y para ese primer momento, la carne frita desmechada era la que acompañaba a las caraotas y al arroz. Parece ser que su sustitución por la carne guisada desmechada se remonta a la década de 1950. Al respecto, Cartay comenta que tal innovación se les atribuye a los inmigrantes portugueses dueños de restaurantes populares y panaderías en Caracas. Con el tiempo, vemos cómo el pabellón siguió evolucionando y adecuándose a cada región. Pero el trabajo ya estaba hecho. Teníamos un plato representativo de toda la geografía nacional.
El cocinólogo Miro Popić sostiene las versiones de Cartay y de Lovera. Y, dado que ambas pueden convivir sin contradecirse, incluso parece juntarlas. En principio, afirma que la carne, las caraotas y el plátano frito eran de consumo habitual durante La Colonia. Lo mismo el arroz (aunque apareció tiempo después). Pero asegura que todos eran servidos por separado. Justamente, este autor relata que la costumbre en tiempos remotos, antes de la masificación del restaurante, era llevar la comida hasta la mesa en fuentes o azafates. Y de allí cada quien se servía o era asistido por algún mesonero.
Por lo anterior, Popić asegura que, efectivamente, el pabellón fue consumido desde tiempos coloniales. Sin embargo, los registros de aquel como nuestro plato tradicional no comienzan a aparecer sino en los primeros años del siglo XX.
Hoy por hoy (sea que prefieras la primera versión, la de Lovera, la de Cartay, la de Popić o cualquier otra), podemos estar de acuerdo en una cosa. Y es que el pabellón es un símbolo que nos define. Con su olor a infancia y a Venezuela, su sazón evoca nuestra identidad mestiza. Es un plato que ondea en su composición híbrida los aportes de la inmigración a la historia nuestra. Al fin y al cabo, me parece a mí que de eso estamos hechos los venezolanos: de la mezcla de mundos. Y de esa mezcla de mundos, heredamos el sabor.
Fuentes:
Arroyo, L. (2013). Inestabilidad, costo de vida y salarios reales en Venezuela en el siglo XIX. América Latina en la historia económica, 20(3), 114-137. http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1405-22532013000300005&lng=es&tlng=es
Cartay, R. (s.f.). Simbología del pabellón. Cocina y vino: https://www.cocinayvino.com/en-la-cocina/especiales/simbologia-pabellon-rafael-cartay/
Cartay, R. (1998). Elogio y nostalgia de la cocina venezolana. Caravelle (1988-), (71), 53-65. https://www.persee.fr/doc/carav_1147-6753_1998_num_71_1_2807
Cartay, R. (2015). Una nación también se construye desde el plato. Revista Agroalimentaria, 21(40), 145-152. http://www.saber.ula.ve/handle/123456789/40533
Cartay, R. (13 de abril de 2020). Caraotas, arroz, mechada y tajadas, el plato bandera. Caracas cuéntame: https://caracascuentame.wordpress.com/2020/04/13/caraotas-arroz-mechada-y-tajadas-el-plato-bandera/
Delgado, A. (25 de noviembre de 2015). La gastronomía venezolana, un arte que trasciende fronteras. El Nuevo Herald: https://www.elnuevoherald.com/noticias/mundo/america-latina/venezuela-es/article46549100.html
El pabellón criollo, nuestro plato nacional. (16 de febrero de 2020). El Diario Habla: https://eldiariohabla.com/el-pabellon-criollo-nuestro-plato-nacional/
Evolución histórica de la bandera nacional. (s.f.). UCLA: http://www.ucla.edu.ve/secretaria/patria/bandera/default.htm
Historia de la gastronomía venezolana. (s.f.). Pomanazono: https://pomanazono.jimdofree.com/gastronomía-venezolana/historia-de-la-cocina-venezolana/
Historia del pabellón criollo venezolano. (19 de septiembre de 2019). WILF en la historia: https://wilfenlahistoria.blogspot.com/2019/09/historia-del-pabellon-criollo-venezolano.html
Miguelangeluelv (s.f.). Evolución de la bandera venezolana. Timetoast: https://www.timetoast.com/timelines/evolucion-de-la-bandera-venezolana-1588a3ed-3e72-4da2-a40c-43d5e3d42d13
Pabellón criollo venezolano. (s.f.). EcuRed: https://www.ecured.cu/Pabellón_criollo_venezolano
Pabellón Criollo | Tipos e Historia. (s.f.). Actualidad-24: https://www.actualidad-24.com/2019/09/historia-tipos-pabellon-criollo.html
Petryk, N. (s.f.). Cocina de Venezuela. Sección del chef. Alimentación sana: https://web.archive.org/web/20100818181722/http://www.alimentacion-sana.com.ar/informaciones/chef/venezuela.htm
Popić, M. (08 de mayo de 2020). Pabellón con pasta no es pabellón. TalCual: https://talcualdigital.com/pabellon-con-pasta-no-es-pabellon-por-miro-popic/
Rojas, R. (08 de febrero de 2017). Así me sabe Caracas: al pabellón de Carlos García. El Estímulo: https://elestimulo.com/bienmesabe/asi-me-sabe-caracas-al-pabellon-de-carlos-garcia/
Saldivia, Y. (s.f.). Hablemos de nuestro pabellón criollo. Revista Estampas: https://www.misrevistas.com/estampas/notas/2627/hablemos-de-nuestro-pabellon-criollo
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¿Por qué a todo el mundo si le importan realmente los Oscars?
Y si, en primer lugar y para entender de donde provienen los Oscars y sobre la base de en que están construidos los premios, hay que remontarse a 1929 cuando ocurrió la primera gala de entregas en una breve cena privada con invitados exclusivos, que tuvo lugar como una iniciativa de algunos ejecutivos para limpiar la imagen de la industria en medio de escándalos internos en las producciones y distraer al personal de organizarse para hacer exigencias sobres sus propios derechos dentro la filmación de estas películas.
Así que, lo que comenzó siendo en definitiva una estrategia turbia de tapar todo aquello detrás del espectáculo que significan unos premios, otorgados aparentemente al mérito(Que de hecho antes de llamarse ‘Oscars’, tenían como nombre ‘Academy Award of Merit’) terminó representando con el tiempo la consolidación de una academia cuyo fin es sí, en primer lugar importante y en segundo lugar, también una forma de venderse como algo al talento mientras se permiten justificarse a sí mismos en sus narrativas, agendas, criterios, etc. La pregunta es ahora, ¿Y por qué no ?.
Veamos esto, si yo fuera Hollywood, y organizará y pagará con dinero de mi propia industria unos premios, mientras todos los demás solo están viendo y esperando a que se les vote o levantando la mano para que se le reconozca, puedo también al menos en tal sentido celebrarme y eso implica mirar más hacia las películas que yo hago. No significa que no pueda mirar también un poco a veces hacia afuera, si lo vemos desde un sentido de justicia hacia los otros, pero realmente la apertura hacia ese cine más global sería la excepción a la regla(con una razón real que explicaré más adelante) y no el común de unos premios cuya función es proyectarse desde una lógica interna y dar más peso a eso, sin duda.
Ojo, y se que quizás desde fuera podría cuestionarse no solo desde esa lógica, sino de éticamente cual es la función de que hoy existan, su relevancia e importancia, o de por qué responder como audiencia a algo que parece ajeno. Es que podríamos no darles demasiada atención, la verdad. Lo que sucede en ese caso, es que reprocharle a los Oscars de que se crean dueños del cine que no les pertenece, no funciona como queja, es un sin sentido.
Basar el argumento de que no nos importan los premios porque su relevancia se basa en perpetuar su visión del mundo como lo mejor del cine, es tan cierto como que también es cierto que fueron creados para eso y ya lo sabíamos. Así como eso si, sabemos también que el cine no solo no les pertenece sino que tampoco hacen el mejor cine, aunque decidan premiar a lo que sí creen mejor entre el cine que sí hacen, con todo derecho además.
Sin embargo, acá lo que yo más si considero inevitable e importante desde un punto de vista ético reconocer y analizar es que detrás de todo el criterio con el que se valora a una película como mejor que otra o por encima de otra, ha habido siempre detrás toda un maquinaría tan interesante y eficaz como feroz en precisamente lograr resultados para llamar la atención del mayor número de votantes posibles en la academia y que voten finalmente tu película. ¿Entonces que se premia sino es el talento en base al criterio cinematográfico? ¿Lobby? ¿Dinero? ¿Publicidad?.
Definitivamente todo esto y también al talento. No hay nadie no talentoso siendo nominado y premiado, por eso nos importan los Oscars, porque nos importa ser reconocido o ver el reconocimiento en el otro proyectados, pero claro, la competencia es injusta a veces porque se manejan campañas tan feroces, repito, de promoción que pueden terminar un valor sumando más que el talento propio o del otro.
Al final, eso es así, pero lo complicado de esto y en donde esta el problema, es que también definir lo que es talento o que es mejor en el arte, es un escenario de debate que está abierto a un espacio tan relativo donde hay mil maneras en las que un votante puede definir su criterio para ejercer el poder de ese voto. Nunca nadie va a estar complacido realmente y por eso la gente frunce el ceño y prefieren decir es que ¿saben que? no me importan los premios, los Oscars o cual sea, es que nadie es mejor que nadie. Estoy de acuerdo, aunque sea una mentira que no te importen.
Les importa aún a muchas otras audiencias en el mundo que han pedido tener mayor representación para ser parte de una cuota más internacional dentro de la academia, forzada a abrirse bajo la necesidad de poder mantenerse. Razón, lo digo ahora si, bajo ese interés, por la que miran un poco más hacia el cine de fuera en los últimos años intentando captar audiencias donde antes no era necesario buscar. Hay más, prensa especializada que dedica tiempo de trabajo periodístico al mercado del cine relacionado con la temporada de premios. Interesa a los artistas que se someten a campañas tremendas para llamar la atención de sus perfiles y aprovechan toda esa publicidad personal. Le importa también a otros países o grandes o pequeños que ven posibilidad en proyectar su cine a través del reconocimiento de películas que son enviadas año a año para competir y ser nominadas y que, con lo cual no enviarían nunca nadie ninguna película si no fuera importante aún insistir. La presencia entonces de todo este mediano pero sólido nicho muy ostentoso, que proviene a su vez de una de las industrias más multimillonarias del mundo, capaz de mantenerse así misma y de mantener la dinámica que marca cada edición con todos los recursos que eso genera, son básicamente la respuesta a porqué los premios se sostienen en el siglo que vivimos a pesar de la falta de otros números.
Importan aunque, voy con esto, tienen que admitir quienes organizan estas premiaciones, que los números de personas que acuden cada año a conectarse son menos debido a la realidad en los nuevos formatos en que se busca contenido y al tratarse de un tipo de espectáculo anticuado que está lejos de parecerse a lo que si demanda este espacio generacional del presente, por más que se hayan hecho aparentes esfuerzos en sostenerse dentro de esa nueva modernidad, no son suficientes estos esfuerzos para equipararse con el nivel de consumo masivo que los premios tenían en el pasado. Hoy los Oscars parecen ser solo para gente específica y la academia lo sabe, por eso no hace demasiados cambios realmente en su forma. Y eso está bien, creo.
Por lo tanto, el análisis entre todos estos puntos da al final para varias conclusiones y es que tanto el medio artístico como el público en general puede hacer a su vez varias cosas frente a los Oscars y su supuesta irrelevancia. Radicalizarse en el desprecio por unos premios cuyo origen y precedente no es el de precisamente responder al ‘criterio cinematográfico’ y porque es en definitiva un negocio, nos quedamos con el juicio y valoramos a las películas de la lista por lo que son más que por lo que representan en el contexto de una premiación, lo cual creo que es la forma adecuada de valorarlas, o nos quedamos con el espectáculo y lo que eso nos atrae sin más. O tal vez, ninguna de las anteriores.
De cualquier modo, los Oscars cada año vienen a ser parte de una realidad que se evidencia en el fenómeno cinematográfico que representa para quienes son parte. No es ni siquiera importante en determinar qué película es relevante más allá de la premiación, o al menos no ahora, pero dan prestigio. Porque la discusión acá no es sobre cine. Llámese cine comercial, de autor, etc. Donde sea que vivas, sin importar el país de donde venga tu película. La forma en cómo cada persona reacciona a una mención, la forma en cómo cada quien quiere ser parte, la forma en como todos quieren ser reconocidos, aunque no se admita, permiten al final una etiqueta de prestigio que es frustrante en silencio para quien no lo recibe, y celebrado en redes y agradecimientos públicos cuando sucede.
Actualidad
Oliver Kid, impulsa otro hit viral con “WAPA” de Jerry Di
El productor y Compositor venezolano anotó otro éxito
El productor y compositor venezolano Oliver Kid, reconocido por sus certificaciones multi platino y por alcanzar el puesto #1 en Billboard con el éxito global XCLUSIVO Remix, vuelve a encender las plataformas digitales con su más reciente trabajo: “WAPA”, el nuevo sencillo de Jerry Di lanzado bajo Universal Music Latino.
Estrenada durante la última semana de mayo de 2025, la canción ya supera los 5 millones de reproducciones en Spotify, posicionándose como uno de los lanzamientos más virales del momento.
Viviendo actualmente en la ciudad de Miami y rodeado de un mundo creativo que le permite expandir su talento, Oliver es un colaborador constante de artistas emergentes de la extensa industria musical latina; Produciendo y escribiendo singles que se convierten en éxitos, este talentoso artista no para de crear noticias.
Con producciones que han superado más de 300 millones de reproducciones, incluyendo un #1 en Billboard España y múltiples certificaciones de platino. Su inconfundible sonido, es una mezcla entre pop anglo y la esencia latina; convirtiéndose sin duda en uno de los productores y compositores más influyentes de la música latina actual.
Desde el 2024, firmó un contrato editorial con Kobalt Music, una editorial independiente con más influencia en la industria, manteniendo un catálogo de artistas que son referencia de la música a nivel global.
Si quieres saber más de Oliver chequea su IG, y contagiate de su poderoso talento: https://www.instagram.com/_oliverkid?igsh=Y3NpajlmbG1xb2V4
Actualidad
Miniso inaugura su tienda más grande en Caracas en el centro comercial Tolón
Miniso abrió su tienda más grande de Venezuela en el C.C. Tolón, con una colección exclusiva de productos de Stitch. Es la segunda apertura del año y prevé inaugurar 10 locales más en 2025
Miniso continúa su expansión en Venezuela con la inauguración de su tienda más grande de Caracas, ubicada en el centro comercial Tolón Fashion Mall, Las Mercedes. Este nuevo local se convierte en un punto de referencia para los fanáticos de la marca japonesa, gracias a su tamaño, variedad de productos y exclusividades.
La tienda ofrece la gama más amplia de artículos disponibles hasta ahora en el mercado local. Entre sus principales atractivos destaca una colección única de productos de Stitch, el icónico personaje de Disney, que solo podrá encontrarse en esta sucursal.
“Aquí podrán encontrar la gama más amplia de Stitch para Disney y Miniso Venezuela. Hay productos inclusive que no están en algunas tiendas, porque solamente aquí lo van a conseguir con la exclusividad del lanzamiento”, afirmó Uldarico Parra, Director de Miniso Venezuela.
Esta es la segunda apertura de Miniso en lo que va de 2025, como parte de su plan de crecimiento que contempla la apertura de 10 nuevas tiendas en el país antes de finalizar el año.
Con esta nueva tienda, Miniso refuerza su compromiso con el mercado venezolano, ofreciendo productos funcionales, de diseño atractivo y precios accesibles, en un espacio pensado para la comodidad del consumidor.
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